viernes, 14 de marzo de 2014

¿Qué hacemos con tantos juguetes?



Vivimos en una sociedad consumista en la que aparentemente la felicidad depende de la cantidad de cosas que puedas comprar. Sin embargo rápidamente nos damos cuenta que la felicidad dista mucho de estar por el camino del consumo.

Es muy posible que en alguna fiesta de cumpleaños o en la celebración de Reyes o Papá Noël su hijo o hijos se hayan juntado con muchos regalos. Y usted pensando en la ilusión que les hará encontrarse con tantos juguetes, va observando cómo abren de manera desganada cada uno de los regalos prestando poca o ninguna atención a muchos de ellos. Y al finalizar el ritual del despiece de papeles que suelen quedar en la habitación, cogen uno o dos de estos obsequios (en el mejor de los casos) haciendo caso omiso al resto. La sensación que se nos queda como padres es: ¿qué les pasa a los niños de ahora que no aprecian nada??

A continuación les pongo un pequeño cuento llamado "El Rey glotón" que nos ayudará a reflexionar de por qué tienen este comportamiento los niños:

En el remoto territorio de Tragaldabia gobernaba un soberano que disfrutaba con suculentos festines. Compartía mesa y mantel con los más nobles del reino. Los banquetes se alargaban hasta el amanecer. En los convites devoraban salmones frescos al limón, aderezados con espumosos de la región de Champaña; truchas rellenas de jugosas láminas de panceta crujiente, guarnecidas con vinos blancos de las laderas del Rin; faisanes embuchados con ciruelas y uvas, dorados a la miel, regados con caldos rojos de las soleadas tierras del sur; ciervos asados en espetón, con confitura de grosellas y bayas silvestres de los bosques, acompañados de licores variados; mangos, chirimoyas, papayas; frutos traídos de parajes exóticos; hojaldres de canela y crema, cubiertos de chocolate caliente,…. 
 Amaneció un mal día. Un rumor, más temible que la peste negra, se propagó como una epidemia por los dominios de Tragaldabia: el rey glotón está triste, ¿qué tendrá el rey glotón, que ya no saborea los manjares?. Un decreto real confirmó los presagios más funestos de los vasallos. Soldados iban y venían por cañadas y veredas reclutando nuevos cocineros para palacio. Aquel que restituya el deleite al monarca será encumbrado, pero a quién fracase se le condenará al patíbulo. Prestigios guisanderos cocinaron los platos más imaginativos, mero con gusto al cordero, pollo con sabor a centollo. A pesar de las creativas combinaciones, uno tras otro perdieron literalmente la cabeza. Por fin, le tocó el turno al más afamado. Preparó un manjar aliñado con sencillez. Tras degustarlo, el rey mandó traerle a su presencia. Desilusionado, objetó: 
- Poseéis enorme fama y cordura, pero vuestra receta no acaba de convencerme. 
- Majestad – respondió el humilde servidor-, me falta un ingrediente para su sazón. 
- ¿Cuál?- inquirió el rey con ansiedad expectante- Decídmelo y ordenaré a mis ejércitos que os lo consigan de inmediato, aunque se halle en la colonia más alejada del imperio. 
- No se encuentra tan lejos- replicó el cocinero. 
- Entonces, ¿qué es? 
- Vuestra hambre, Majestad, vuestra hambre -sonrió el cocinero al asombrado rey glotón-. 
Y cuenta la leyenda que aquel cocinero salvó la vida. 



Bien, entenderán ahora un poco mejor por qué nuestros hijos no tienen hambre de juguetes. Porque están saciados, están saturados de tantos trastos. Abuelos, tíos, padres, tío abuelos se empeñan en comprar a los niños el regalo más fantástico. Y cómo ahora hay tan pocos niños acaban muchos de ellos con un arsenal de juguetes en casa, los cuales ni miran, para el fastidio e incomprensión de los padres y resto de familia.

Hay un mecanismos psicológico/biológico básico en el ser humano y la mayoría de seres vivos que se llama habituación. Este proceso implica que cuando un estímulo se presente en numerosas ocasiones el individuo deja de responder al mismo y se habitúa. Este proceso psicológico es el que subyace a la conducta de los niños cuando dejan de sorprenderse y mostrar ilusión ante el aluvión de juguetes.


¿Cómo podemos poner un poco de sentido común en este tema? 

Para empezar podemos dosificar las avalanchas de regalos en “Reyes” “Papá Noël”  o cumpleaños, recogiendo parte de los juguetes. e intentando llegar a acuerdos con los familiares para que no compren todos juguetes, valorando la posibilidad de que puedan comprarles material escolar, ropa, etc…

Como hemos visto la sobreabundancia de juguetes hace que no se valoren ni se desee jugar con ellos. Un principio básico debe ser mantener a los niños en una escasez razonable en la posesión de juguetes. No puede ser que una habitación esté repleta de muñecas, muñecos, coches, carros, más muñecas, camiones de bomberos, juegos de mesa, fichas de todo tipo, más coches de todo tipo, etc etc etc. Debemos intentar que haya lo imprescindible, lo razonable y el resto dejarlo en el trastero o donde podamos. A su vez un recurso muy saludable es hacer limpia de juguetes de vez en cuando dándolos en las recogidas de juguetes que se hacen habitualmente en las fechas próximas a la navidad.

Apliquemos el sentido común. No mucho o más, es mejor en la educación. 

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